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Si bemol


Me gusta cómo mis historias se deslizan hacia ti sin pedir permiso, como si una grieta en mi memoria hubiera estado esperándote. Eres tú quien sabe transformar mis palabras en un puente, reconocer en ellas mis cicatrices y distinguirlas como si fueran constelaciones que solo tus ojos pudieran ver. No sé por qué había guardado estas historias tanto tiempo: eran frágiles e inocentes, y yo, en mi torpeza, las había escondido como capítulos secretos de mi libro. Creí que necesitaban acertijos para ser descifradas, como si solo el silencio pudiera mantenerlas vivas. Pero con el tiempo entendí que el acertijo era yo, y que esas historias no eran más que la forma que tenía mi alma de hablarte en voz baja. Tal vez a eso se refiera “bajar la guardia”: a dejar de ser guardián de lo que nació para volar.


Ahora sospecho que la única manera de saber quién soy hoy es descifrar quién fui ayer, porque antes de la persona que ahora creo ser, hubo otras versiones que quedaron atrapadas en otro tiempo, voces que se apagaron en habitaciones que ya no existen. Y al verte escucharme, empecé a recordar una forma de mirar el mundo que había olvidado.


Si algún día alguien me pregunta: ¿cuándo lo supiste?, responderé que fue hoy. Hablaré de esta tarde como si tuviera partitura, con sus prodigios visibles y lo cotidiano que se escondía en lo sagrado: cuando todo parecía demorarse para escucharnos, cuando las sombras se inclinaban a nuestro favor, cuando comprendí que lo extraordinario no siempre llega haciendo ruido, y que las cosas más grandes suelen ocultarse en lo simple, porque la memoria decide volver solo cuando alguien aprende a escucharla.

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