Manual de despedidas
- Gerardo Javier Garza Cabello
- 2 ago 2025
- 2 Min. de lectura

Si sabes que me fui, no menciones mi nombre, deja que se quede flotando sobre un papel delgado que jamás tendrá la sentencia de mi recuerdo, que no se rasgue con palabras que me aten al mundo, porque quiero ser, entonces, un hilo suelto que se ha perdido en el universo. Di cosas banales, en cambio, para que se queden reposando como mariposas en las flores junto con los hechizos que se conjugaron para mí. Enséñame a vivir en la serenidad de un cenicero frío, de una gaveta vacía, del vidrio que muerde la lluvia cuando el cielo se cae a pedazos y usa palabras que nunca me han besado; quiero estar en las cosas fútiles, para que mi ausencia te pese menos de lo que me pesa a mí.
Déjame ser lo que se sublima en las palabras sin memoria y ganarme tus silencios como quien se gana una deuda: a forcejeos en las noches sin estrellas, al desamor que se disuelve en tu garganta y te hace un nudo donde se suspenden las muecas que me robaste. Deja que las letras inciertas se vuelvan polvo en tu pecho, y que, cuando digas mi nombre por error, atraviese capas de tierra y ecos y nostalgia de voz libre y raíces que se empapan con la humedad del otoño.
Llámame sombra cuando te pregunten qué he sido. Nombra lo que perdura de mí en tu memoria. Déjame volverme un mito que no se toca y ser la lámpara que titubea, el grifo que te parte gota a gota. Escóndeme en cualquier cosa que evoque simpleza porque quiero exiliarme en tu tristeza, ser sílabas enterradas y melodías pasadas que, cuando te toman por sorpresa, te hagan llorar.
O déjame morir en soledad, como un preso que ya no extraña las estrellas. Y deja que mi nombre se ahogue en el mar.









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