El Camino
- Gerardo Javier Garza Cabello
- hace 12 minutos
- 2 Min. de lectura

Intuí esa tristeza al recordar los ojos de mi padre cuando regresaba del trabajo y se quedaba quieto en la puerta, como quien ha cruzado un umbral invisible y no sabe si lo de atrás sigue existiendo, esa pausa, esa respiración suspendida entre lo que fue y lo que vendrá, la he visto repetida en mis propios amaneceres, en esos instantes donde el espejo devuelve un rostro que no reconozco del todo y a veces me siento un extraño que lleva mi nombre y mis historias.
Me refugio en lo que el cuerpo sabe, también he sentido esa llamada, ese tirón sutil en el estómago cuando algo está por terminar y algo está por empezar, no es valentía, es necesidad, nos movemos porque quedarse quieto es morir de otra manera, más lenta, más vergonzosa y menos digna y cruzamos el umbral no porque seamos héroes y estemos en búsqueda de algo, sino porque no hay otra puerta, el refugio que buscamos no está en el regreso triunfal ni es esa cosa ruidosa que cuentan los libros, el verdadero refugio tal vez es el amor, pero no el amor de los poetas, no, es el amor que nace de la aceptación profunda, de mirar al otro y decir "también te siento roto, pero aquí estamos, juntos".
Me he detenido a pensar en las mitologías que inventamos cuando la realidad se vuelve inhóspita, en esos mágicos refugios provisionales donde depositamos nuestros sueños, como quien deja el abrigo en el guardarropa, sabiendo que al día siguiente tendrá que volver a él para enfrentar el frío, pero mientras dura el espectáculo, nos ilusionamos con el viaje y el regreso, la prueba y el premio, y nos reconocemos como lo que somos, carne y miedo y entendemos que no somos más que una historia que se cuenta a sí misma.
El amor, entonces, se refleja en tu iris como una cosmogonía, no como salvación, sino como territorio compartido donde no hace falta cruzar puertas solitarias y he visto hombres construir mundos enteros en una mirada prolongada, en el gesto de ofrecer un café en silencio, en la paciencia de quien sabe esperar sin exigir, la mitología viva y el caos dulce de aceptar que no somos protagonistas de nada, solo compañeros de viaje que se reconocen en el camino.









Comentarios